sábado, 23 de abril de 2011

Destinos

El muchacho estaba sentado en el último asiento. Tenía la mano vendada y una pequeña valija de viaje aprisionada entre las piernas. La blancura de la gasa revelaba un vendaje reciente. Su rostro estaba tenso. Seguramente la mano le dolía, porque cuando el colectivo dio un barquinazo al superar una cuneta, emitió un quejido ahogado y trató instintivamente de protegerse la herida con el brazo sano. Se cambió de asiento para dejar lugar a otros pasajeros pero no se desprendió de la valija; al contrario, parecía apretarla cada vez con más fuerza.
-¿Qué te pasó?- le preguntó un hombre mayor que se sentó a su lado, cuando percibió su gesto de dolor.
-Me cortó la máquina, la amoladora. Quince puntos. Tengo para treinta días.
Su tonada no dejaba lugar a dudas. Aún así el hombre preguntó:
-¿De dónde sos?
-De Paraguay, señor.
-¿Y qué vas a hacer todo este mes? ¿Te volvés?
-No -dijo, mirando hacia afuera- me quedo. El pasaje es muy caro. Además si voy, no sé si vuelvo. Se aclaró la garganta. Le había sonado algo extraña su propia voz. Le habían pesado las palabras dichas por impulso, sin pensarlas.
Unas cuadras más allá el hombre se despidió, le deseó suerte y bajó. El muchacho agradeció y desvió la mirada. No miraba nada preciso, en realidad. Sus ojos recorrieron la ventanilla, la atravesaron, buscaron un punto firme, una señal, en el cielo gris de esa tarde otoñal. Pero no encontraron nada. Solo nubes difusas, pálidas, ajenas.
-¡Terminal!
La voz del chofer lo sobresaltó. Miró a su alrededor. Todos descendían. Con lentitud tomó su valija y descendió él también. Ya en la vereda, le llevó algunos minutos sobreponerse al aturdimiento del ir y venir de la gente, que parecía un enjambre de abejas paranoides, con sus voces destempladas y su ajetreo interminable.
Cruzó la calle. Llegó al andén de la estación de micros. Más gente, más idas y vueltas, algunos corriendo, listos para partir; otros festejando a los recién llegados; bolsos, valijas, paquetes. Algo confuso, se sentó en un banco y abrazó su valijita. Las horas fueron corriendo. Se hicieron las ocho, las nueve, las diez. Poco a poco el andén se fue despejando. A las once, solo algunas personas esperaban los últimos servicios. El flujo de gente aumentaba cuando llegaba un micro pero el andén se despejaba cada vez más rápido. A las once y media el personal de limpieza empezó su tarea. Pero él seguía allí, abrazado a su valija, sabiendo que tenía todas sus pertenencias ahí, consigo, sabiendo que tenía el pasaje a Asunción en el bolsillo, sabiendo también que ni esa noche ni las próximas tendría dónde dormir y, sin embargo, algo, invisible pero tan pesado que le oprimía la garganta, que parecía morderle la herida de la mano, que le nublaba el pensamiento (“si voy, no sé si vuelvo”), le impedía subir al micro, el último micro del día.

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